Ucrania evacúa civiles en Zaporizhzhia para ponerlos a salvo
El motor del vehículo de evacuación resuena por las calles mudas de Huliaipole, recorriendo una avenida que hasta hace poco fue la columna vertebral de una ciudad viva y ahora sólo exhibe fachadas desplomadas y automóviles rodeados de polvo y metralla.
Los escombros cuentan la historia de un sitio donde, antes del estallido, habitaban cerca de 15.000 almas y hoy apenas quedan medio millar. Es la última frontera donde la vida civil resiste al avance militar en la región de Zaporizhzhia, Ucrania. La rutina del día consiste en recoger lo que cabe en un par de bolsos viejos, cerrar con resignación la puerta de la casa en ruinas y dejarse guiar, apoyada del brazo de un policía, hacia una furgoneta blindada. Así partió Kateryna Ischenko, setenta y ocho años, espalda encorvada y esperanza implacable.
En la penumbra de otra casa, Polina Plyushchii —ochenta y cuatro años, gestos cansados y ojos inundados— intenta asumir que marcharse es sobrevivir. Llora mientras la ayudan a salir; afuera, drones emiten un zumbido agudo, presagio de algo peor. Los policías y los voluntarios —como Ihor Pilipushko, treinta y ocho años, miembro de la organización Patrol Chaplain— conocen bien el peligro inminente. Su mayor temor no es la metralla, ni siquiera las bombas: son los drones FPV, de visión en primera persona, que acechan invisibles asomados a cables de fibra óptica.






